Los miércoles no son días comunes para Valentino Rojas.
Mientras muchos de sus compañeros permanecen en el aula, él guarda sus cosas, deja por unas horas el colegio y emprende viaje hacia Paraná. Lo hace porque hay sueños que no esperan y porque vestir la camiseta de Entre Ríos exige sacrificios que pocas veces se ven desde afuera.
Tiene 16 años, es de Gualeguaychú y juega en Carpinchos, el club donde empezó a construir una historia que todavía está en sus primeras páginas.
“Mis primeros pasos en el rugby fueron en Carpinchos y hasta el día de hoy sigo en el mismo club. Siempre fui acompañado por mis papás y mi hermano.”
En una época donde muchas veces se habla de resultados, Valentino encuentra el valor del deporte en otro lugar. No habla primero de títulos, ni de victorias, ni de estadísticas.
“Lo que más me atrapó fue la forma de juego, el compañerismo que hay dentro y fuera de la cancha y el respeto que impone el deporte.”
Quizás ahí esté la explicación de todo.
Porque para él, el rugby no es solamente una cancha. Es el grupo de amigos, los viajes, los entrenamientos, las enseñanzas y los vínculos que se forman lejos de los reflectores.
Hace dos años que integra los seleccionados entrerrianos. El recorrido comenzó en M16 y tuvo un momento inolvidable cuando el equipo se consagró campeón de la Copa de Plata en Junín. Ahora, la historia continúa en la categoría M17.
“Recibí la convocatoria estando en la escuela. Los primeros con quienes la compartí fueron mis amigos y mi hermano.”
La alegría duró unos segundos. Después volvió el trabajo.
Porque llegar a una selección también significa adaptarse a otra velocidad.
“La diferencia es que en la selección hay un cambio de ritmo muy elevado y hay que estar altamente concentrado.”
Y cuando habla de esfuerzo, sabe perfectamente de qué está hablando.
“Uno de los desafíos son los viajes porque entrenamos en Paraná y tengo que faltar al colegio los miércoles para poder entrenar.”
Sin embargo, nunca menciona esas ausencias como una carga. Las cuenta como parte del camino. Como el precio que vale la pena pagar cuando se persigue algo importante.
Hace unos días, Entre Ríos derrotó a Santa Fe en un amistoso preparatorio. El resultado fue positivo, pero puertas adentro el grupo ya piensa en lo que viene.
“Las sensaciones fueron que estamos haciendo las cosas bien. Tenemos que enfocarnos en mejorar pequeñas cosas de cara al campeonato. Buscamos mejorar más la comunicación dentro de la cancha.”
Detrás de cada entrenamiento, cada viaje y cada convocatoria aparece una imagen que se repite.
La de sus padres acompañándolo.
La de una familia empujando silenciosamente para que ninguna oportunidad quede en el camino.
“Las personas que más me apoyan son mis papás. Hacen un esfuerzo enorme para que no se me escape la oportunidad de representar a Entre Ríos y eso lo valoro muchísimo.”
Pero cuando habla de su mamá, la voz cambia.
“Mi mamá es un caso especial porque me tiene un aguante impresionante. Me encanta cuando está afuera de la cancha porque me siento seguro.”
Hay frases que explican más que cualquier descripción.
Y esa, probablemente, sea una de ellas.
Valentino asegura no tener ídolos, aunque sí una referencia en su puesto.
“Me gusta mucho Diego Correa porque juega en mi misma posición.”
Todavía quedan muchos kilómetros por recorrer. Más entrenamientos, más viajes y más desafíos. Pero si hoy pudiera encontrarse con aquel chico que recién comenzaba en Carpinchos, tendría algo importante para decirle.
“Que nunca deje de perseguir sus objetivos y que siempre tiene el apoyo de su familia.”
Tal vez esa sea la verdadera historia.
No la de un jugador que llegó a la Selección Entrerriana.
Sino la de un chico que entendió que los sueños se construyen con esfuerzo, que ninguna distancia es demasiado larga cuando hay pasión de por medio y que, a veces, la mayor fortaleza de un deportista está en esas personas que lo esperan detrás del alambrado.
